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Tiempo de crisis (2)

En esta segunda parte de Tiempo de crisis analizaremos algunas de las presiones bajo las que se encuentra el ser humano en la actualidad y una posible respuesta que cabría esperar de la comunidad cristiana

Hoy nuestro mundo además de la pandemia y la deriva del clima está sometido a la presión de otros factores que ya estaban actuando y que parecen producir sinergias para incrementar los efectos adversos de unos y otros.

La acumulación de riqueza ha alcanzado cifras desmesuradas y condena a millones de seres humanos donde quiera que se hallen a contentarse con escasos recursos. La emisión de papel moneda de forma descontrolada por los bancos centrales y en especial por la reserva federal se conjuga con el control de la mayor parte de ese papel moneda por las grandes corporaciones y por sus cúpulas de poder. La deuda impagable de muchos países, de las corporaciones y de los individuos augura una próxima época de tensiones económicas y sociales. La desregulación de los mercados, los productos financieros soportados por activos virtuales, es decir inexistentes, y sólo válidos mientras se confía en ellos, además de los sofisticados algoritmos para mover el dinero según la especulación los lleve, conduce a situaciones de riesgo extremo donde los perjudicados son siempre los estratos más desfavorecidos de la sociedad. El fin del trabajo, de la oferta de trabajo, que se ha ido produciendo desde los años setenta y que según los estudios de organismos internacionales como el Mckinsey Global Institute conducirá a la formación de masas de desempleados en la mayor parte de los sectores, plantea un escenario de miseria y abre el horizonte a estallidos de violencia y al conflicto. Por poner un ejemplo, se considera que para 2024-2025 el 47% de los trabajos existentes lo harán las máquinas. Estos son algunos de los problemas relacionados con la acumulación de riqueza aunque existen otros problemas y no menores como son la escasez de los recursos energéticos, como el llamado pico del petróleo, y la lucha por otras fuentes y recursos minerales de la llamada energía sostenible.

¿Qué podemos esperar de la actuación de la iglesia o de las comunidades que la forman?

Al abrir la Biblia podemos encontrarnos con el libro de Ezequiel. Ezequiel era un sacerdote deportado a Babilonia y allí en visión contempló un nuevo templo. En la visión le acompaña un ángel y viene a darnos cuenta de las dimensiones del templo. Ezequiel, como luego hará Juan en Apocalipsis con la nueva Jerusalén, dice que el ángel tiene una vara de su medida, lo que significa que el templo está proyectado según una medida humana, la de un hijo de hombre (o una hija de mujer), pero la expresión proviene del libro de Daniel. El Hijo del Hombre al que trituró la Bestia y viene ahora en las nubes del cielo. Hoy el templo al que se nos invita es el cuerpo de Cristo, como dice Pablo, y ese es el lugar donde nos reconocemos, tiene un rostro humano, el de cada uno. Muchos están llamados a formar parte de este cuerpo y a participar en el juicio de la historia. No va a ser fácil porque la bestia que todo lo tritura desfigura al hombre (Isaías  52,14). La Bestia no es más que los caminos de opresión y dominio que esclavizan, sojuzgan y aniquilan a individuos, pueblos y sociedades y en tan terrible tarea participan y participamos cuando se trabaja o facilitan dichos caminos.

El templo que contempla Ezequiel, Jesús lo realiza en sus días, con su vida, muerte y resurrección. La comunidad a la que anima el espíritu es ese templo que es el cuerpo de Cristo. Es la comunidad construida por el Espíritu la que responde al desafío de los poderes bestiales. En Juan el ángel mide la nueva Jerusalén, la vara de medir es de oro, es decir, a la medida de Cristo Jesús, el Señor. El templo de Ezequiel no tiene sus paredes pegadas al palacio del rey, eso quiere decir que no tiene parte con el poder temporal, y es ese el tipo de problema que inquietaba al imperio romano y en nuestros días a cualquier poder, si la comunidad no ha renunciado a sus orígenes, es decir, al evangelio.

La comunidad de ayer, de hoy y del porvenir tiene una medida humana, todos se conocen. La cercanía es un tesoro del pasado y del futuro. Como su tamaño es natural y la voz de cada uno puede ser escuchada por los otros, se conocen y saben del aguante y la fidelidad, saben dónde está su confianza; y no les conmoverá ni la altura, ni la anchura, ni la profundidad, saben cuál es su esperanza.

Hoy como ayer la comunidad debe moverse a la manera de Jesús en esta nueva Galilea, encontrando apoyo en grupos pequeños, por las casas, dispersos en grandes ciudades o en pueblos pequeños. Transmiten la confianza, y encuentran el reconocimiento según reconocen el rostro del Señor en los otros y ya no otros sino uno en el espíritu.

En el tiempo por venir las comunidades siguen la línea que va de Juan a Jesús, que abre un tiempo de viento y fuego en un periodo de crisis que anuncia una nueva justicia y un nuevo camino, que es como el del tiempo primero porque anuncia el sol como la aurora, como habla Isaías en la parte dedicada a Emmanuel.

En el tiempo venidero en medio de las aplicaciones tecnológicas y la digitalización progresiva el contacto humano será primordial y habrá que seguir llevando una palabra de aliento al cansado, al marginado. Con la precariedad del trabajo y la vida, porque precaria es nuestra condición, habrá que anunciar la palabra allí donde se reúnan dos o tres. En el tiempo por venir sólo las comunidades que vivan con el pan de cada día, el del mañana, tendrán sustento para repartir el pan bajado del cielo. El pan se manifiesta como una red que da cobijo, alimento y ayuda en las dificultades mundanas. Entre sus miembros algunos pueden ser activistas o pertenecer a alguna organización no gubernamental, pero su señal de  reconocimiento en la comunidad es que disciernen en lo que ha sucedido, en lo que sucede, y en lo que va a suceder la Palabra de Dios. Donde están las aves allí estará el cuerpo. O lo que es lo mismo donde se reúnen los ángeles allí estará el Señor, los ángeles ejecutores de su palabra, uno cualquiera de vosotros. Como dice Juan en el evangelio “Veréis bajar y subir ángeles sobre el Hijo del Hombre”.

Las previsiones a las que hemos aludido prevén grandísimas pérdidas de trabajo en muchos sectores para los años venideros. Los caminos de dominio y opresión no reconocen a nada ni a nadie y en ellos se daña a los árboles, la tierra y al agua. Las comunidades de hoy y mañana serán como a quienes dirige sus cartas Juan, son comunidades de resistentes. Su pan es hacer la voluntad del cielo que escuchan según sopla el viento en el arrozal, o en el trigal. Y la comunidad apoya a todas esas mujeres, hombres y niños, que por todo el planeta defienden la tierra, sus cultivos, el pan de cada día, la soberanía alimentaria, la independencia de los pueblos y comunidades agrícolas, que guardan saberes vitales. Y, como está escrito en el proyecto profético de Jesús, son sal de la tierra y promueven la reconstrucción de los lugares desolados, los lugares deshabitados que cierta economía empujó  a la soledad y abandono.

La comunidad que resiste es una mujer con las dos alas del águila grande, que da frutos de justicia, vestida con el sol y su lengua es una que todos entienden porque reside en el corazón de toda mujer u hombre. El lenguaje de la comunidad de medida humana  es el de las señales como aquellas que están en el proyecto de Jesús, los ciegos ven, los cojos andan, y los muertos resucitan, y otras más menudas a veces muy sutiles; las señales en la multiplicación de panes, que unos acogen y otros no, y los que las acogen no nacen de la carne, ni de la sangre, sino de la Palabra, de esta manera la Sabiduría se acredita por sus hijos.

Podríamos haber hablado más de los previsibles escenarios que se divisan ante el cambio climático y los problemas energéticos, y de cómo se posicionan los poderes políticos ante el tiempo por venir, si nos aplicarán la doctrina del shock y  qué medidas nos impondrán. Ahora nos interesa qué hacen, piensan y esperan las iglesias aunque las instituciones eclesiásticas muestren un triste panorama. Lo que es necesario es que las iglesias miren al origen, caminen hacia el origen, al evangelio y vivir ese misterio que es Dios-con-nosotros, como Adán en el paraíso o Abraham en sus días. Vivir el tiempo primero es como vivir el último. Lo cual no significa el fin de los días a la manera de Hollywood sino que hemos incorporado en nosotros la dimensión escatológica del presente, como Jesús la tenía.

El fin es el último día de cada uno de nosotros, es verdad que esto se puede aplicar a sociedades y pueblos a distinta escala y magnitud. Así fue en el tiempo de Jesús con la destrucción de Jerusalén o el hundimiento del mundo medieval en el siglo catorce. Nuestro mundo presenta grandes desequilibrios que siguen la estela del capital y de la mentalidad imperante. Aunque no hacemos predicciones todo apunta a un periodo de crisis por la desigualdad creciente, la escasez de recursos energéticos y de primera necesidad por la deriva climática, la lucha que se producirá por estos, y el aumento de la violencia. Todo hasta que se ajuste nuestra sociedad a las nuevas condiciones. Ante esta situación, como ya hemos dicho, sólo una iglesia comunidad puede servir de amparo y señal de esperanza para los humildes, abatidos y cansados. Nosotros esperamos cielo nuevo y tierra nueva, se plantarán viñas y se comerá de su fruto, y seguiremos escuchando la voz del novio y de la novia.

Antonio Alarcón

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